miércoles, 28 de julio de 2010

Un, dos. Un, dos, tres, cua.

Comienza el concierto. La gente excitada salta y grita, arrojando todo tipo de objetos al escenario.

Los artistas salen a escena, aún no se les ve pues los focos enfocan a las gradas. De repente, una luz blanca empieza a descender hasta acabar sobre una persona. El batería, que empieza a marcar un leve ritmo. Los espectadores aúllan. Otras dos luces, imitan a la anterior, y se posan, una sobre el guitarrista, y otra sobre el bajista, que se unen al ritmo del batería. Espectacularmente ataviados, con sus instrumentos igual de impresionantes.

Una voz se comienza a oír, y un último flash ilumina al protagonista: el cantante.

La emoción embarga a los fans, y la primera fila salta al escenario, atravesando la barrera de gorilas que intentaban proteger a los artistas.


Después de aquello. Sólo diré que la noche acabó en tragedia. Y el grupo nunca volverá a dar un concierto. Al menos, no al completo. Y esto lo narra una fan destrozada por haber estado presente en el concierto en el que uno de sus ídolos perdía la vida.