Cojo el portátil, me quito los zapatos, y con el pelo aún húmedo, reviso algunos blogs que no aportan ninguna entrada nueva (o interesante). No puedo poner la música ya que he perdido los auriculares y los demás ven el partido en el salón; por cierto, creo que va 0-0.
Un gato interesado se apoya en mi espalda reclamando mi atención, pero yo tengo demasiado sueño. Cierro el ordenador, la radio dice que ya son las 11. Ellos se han dormido y no sé quién ganó el partido, tampoco me interesa demasiado. De puntillas cojo una chaqueta, unos zapatos cualquiera y cruzo la casa a oscuras. La calle está demasiado iluminada así que sigo caminando en busca de oscuridad más (in)segura.
El barrio entero dispone de luz suficiente para no echar de menos al sol, exceptuando una peculiar escalera de piedra que baja hasta las pistas de baloncesto, lugar donde no me dejaban bajar ya que allí solían estar los descarados chicos de la clase de enfrente.
Me siento en el octavo escalón (contando desde arriba), saco un cigarro y lo enciendo sin tener que mirar siquiera. Sin alterarme, me percato del humo de otra persona y disimuladamente me levanto con la intención de huir a mi habitación.
-¿Te vas ya?
-Me has encontrado.
-¿Acaso pensabas lo contrario?
-No, hace tiempo que sabía que me vigilabas.
-¿Desde cuando fumas?
-Desde que lo haces tú.
-Desde que lo haces tú.