Haydé tenía catorce años, o eso le había dicho su madre, aunque su madurez podía asemejarse a una persona de treinta, y su imaginación a una niña de ocho. Solía vestir de rojo los viernes como hoy, simplemente porque el rojo le parecía más bonito ese día de la semana.
Se levantaba a la vez que su gata Chiara, ponía leche a los once gatitos que juguetean en los prados. Coge la cesta de mimbre que cariñosamente había preparado Cinzia, su abuela materna, la noche anterior. El aroma de mermelada y galletas que salía del cesto hacía que Haydé casi corriese con el fin de llegar antes a su destino y poder comer.
Las campanas de la iglesia no habían cantado las siete de la mañana cuando ella ya estaba, poniendo su adorable mantel a cuadros azul y blanco, en el muelle que se adentraba en un mar de aguas cristalinas y distintos tonos azulados. Sacó el bote de galletas, se comió dos untadas en mermelada y las demás las guadó hasta que llegase Irineo. Habían quedado a las ocho así que Haydé se permitió darse un baño, "No me alejaré del muelle, y podré ver cuando llega" pensó. Pero las olas jugetonas y apetitosas, la incitaron a nadar y nadar. Las ocho, las nueve, y muchas horas más pasaron. El atardecer llegó haciendo que la nadadora se diese cuenta de su error, la orilla había desaparecido. De repente sus brazos pesaban toneladas, sus piernas no tenían fuerza alguna para ponerse, y los ojos se nublaban; para colmo empezó a llover. Todo el mar salpicado por miles de gotitas. Heydé amaba el agua, y aquella escena le pareció preciosa. Nunca antes había visto llover en aquella playa, ni con tanta intensidad. Ya le daba igual la pesadez de su cuerpo o el dolor de su cabeza, sabía que iba a morir. En ese momentos es en los que apareció la madurez y la imaginación, nunca había temido la muerte, tampoco la había deseado. Era como el amanecer, inevitable.