Avanzaba a zancadas. Tenía prisa pero sus zapatos, un par de tallas más grandes, se le salían a cada zancada que daba. Al cabo de una hora corriendo tropezó y cayó rodando calle abajo, una aparatosa caída.Ágata sentada en el suelo, comprobó que se había roto el vestido blanco de flores que con tanto cuidado le había confeccionado su madre.
Intentó levantarse, pero le era imposible. Se ponía en pie pero le temblaban las rodillas y volvía a caer. Tras algunos intentos decidió decaer y verificar que todo el contenido de su maleta estaba medianamente bien.
Sacó un álbum antiguo, lo abrió y fue contando las fotos que habían para cerciorarse de que no faltaba ninguna, así era. Sonrió y lo volvió a guardar. Luego sacó una Polaroid, se echó una foto con el fin de averiguar si aún funcionaba, no era el primer golpe que le daba. Cuando al fin apareció una imagen en tonos de grises en el papel, pasó algunos minutos mirándola horrorizada. En la foto Ágata aparecía con ojeras, pálida y con los labios cortados.
Se dio cuenta de que llevaba demasiados días sin comer y sin dormir, entre las frías paredes de las calles. Necesitaba descansar. Consiguió arrastrarse hasta el pequeño jardín de una casa que parecía estar abandonada. Se acurrucó a los pies de un gran árbol, se tapó con una manta que encontró en su maleta.
Cuando ya estaba acostada, vio una margarita blanca, preciosa. La arrancó se la puso en el pelo y durmió.
Horas después había recuperado el tono rosado de sus mejillas y aquella margarita le hacía parecer lo que realmente era, una niña de siete años con los zapatos de su padre.
Intentó levantarse, pero le era imposible. Se ponía en pie pero le temblaban las rodillas y volvía a caer. Tras algunos intentos decidió decaer y verificar que todo el contenido de su maleta estaba medianamente bien.
Sacó un álbum antiguo, lo abrió y fue contando las fotos que habían para cerciorarse de que no faltaba ninguna, así era. Sonrió y lo volvió a guardar. Luego sacó una Polaroid, se echó una foto con el fin de averiguar si aún funcionaba, no era el primer golpe que le daba. Cuando al fin apareció una imagen en tonos de grises en el papel, pasó algunos minutos mirándola horrorizada. En la foto Ágata aparecía con ojeras, pálida y con los labios cortados.
Se dio cuenta de que llevaba demasiados días sin comer y sin dormir, entre las frías paredes de las calles. Necesitaba descansar. Consiguió arrastrarse hasta el pequeño jardín de una casa que parecía estar abandonada. Se acurrucó a los pies de un gran árbol, se tapó con una manta que encontró en su maleta.
Cuando ya estaba acostada, vio una margarita blanca, preciosa. La arrancó se la puso en el pelo y durmió.
Horas después había recuperado el tono rosado de sus mejillas y aquella margarita le hacía parecer lo que realmente era, una niña de siete años con los zapatos de su padre.