Me desperté cuando aún no había Sol. Toda mi habitación iluminada por docenas de velas que temblaban haciéndome temblar a mí. Gente murmura en el pasillo, y yo, con toda la delicadez que tenía, atravesé la habitación si provocar incendio alguno. Todas las mujeres que hablaban callaron al verme; "Has despertado al fin. Ven, tenemos que preparate". Era mi madre la que me hablaba. "¿Prepararme para qué, Madre?" pregunté; "Para tu boda". Enmudecí, me era imposible hablar, sería inútil. Mi tía, mi abuela, mis primas y tres vecinas me vistieron y peinaron.
En la calle no se percibía sonido alguno, el cielo estaba teñido por un color amarillento, y las calles apenas transitadas por algún ratón que huía de algún gato. Llegué a la puerta de la iglesia, acompañada de mi padre; las puertas estaban cerradas y mis ánimos por ver quién me esperaba en el altar disminuían al compás los pasos que daba.
Todos los espectadores en pie, al fondo un caballero de negro de espaldas. Una lágrima se deslizó por mi mejilla, pero aún así tenía que mantener la sonrisa dulce. No tendrán piedad.