Su respiración entrecortada dificultaba la expulsión de su voz, pero al fin consiguió gritar algo parecido a un socorro. Mike la oyó, se giró dudoso; estaba envuelta en una traslúcida mezcla de humo y sombras. El miedo corroía su interior y siguió su huida. Acalló los gritos de aquella chica con sus propios latidos. Al fin salió de aquel túnel. Ya no habían gritos a su espalda.
Años después...
Mike tomaba café en una adorable terraza, al sur de París. Intentaba recuperar los borrosos recuerdos que aún seguían estremeciéndole. Desde ese fatídico día, tenía pánico a la oscuridad, odiaba caminar por lugares desiertos, no se había vuelto a enamorar. Apenas dormía una o dos horas seguidas. Se le olvidaba comer. La vida se le escapaba, como se le escapa a un globo pinchado el aire. Mike lo sabía, pero no le importaba, en el fondo era lo que quería; nunca llegó a perdonarse haberla dejado allí. Ya ni siquiera se acordaba porqué entraron en aquel sitio.
Sacando a Mike de su conversación consigo mismo, una chica tropieza con la mesa tirando la taza de café. Se disculpa muy avergonzada e insiste en pagarle otro café pues del primero estaba casi entero. Mike horrorizado comprueba las facciones de la chica: Pelirroja, ojos grises, pecas. Era Aurora. ¿Cómo es posible que siguiera viva?
-Auro...¿Aurora?
-¿Nos conocemos?
-Ehh...-rectificó al darse cuenta de su laguna, ella no le recordaba- No, la confundí.
Mike se fijó en la maleta de la que tiraba con la mano derecha, y en la cámara que colgaba de su cuello.
-¿Conoces la ciudad?
-No... Apenas llevo unas horas aquí.
-Sería un placer enseñársela -respondió Mike, seguía enamorado de ella y por muy egoísta que sonase, no le diría la verdad nunca-.