A través de la ventanilla del coche me maravillo con la hermosura del bosque centenario que atravieso. Donde termina el camino se puede ver una gran puerta blanca de hierro que nos conduce a un edificio de cuento; parece mentira que sea un hospital.
Entramos en la inmensa recepción donde un olor desagradable y terriblemente cargado me quema, subo las majestuosas escarelas de madera hasta el segundo piso; giro a la derecha, ya que a la izquierda están los quirófanos, y encuentro el largo pasillo blanco de grandes ventanales, frente a ellos puertas. Decenas de puertas, blancas e idénticas. Las que están abiertas dejan ver rostros destrozados, unos por el dolor, otros por la tristeza o la soledad... Ninguna cara alegre, todas horriblemente deprimentes. Las puertas que están cerradas me provocan aún más pavor, ya que mi imaginación comienza a desvariar cuales son las causas de dicho cierre. Giro otra vez a la derecha, y otro pasillo un poco más corto que el anterior se describe ante mí, al fondo de éste mi destino. Estoy temblando, mi respiración es dura y forzada, no sé si será por el putrefacto olor o por los miedos pero es insoportable.
Finalmente atravieso el umbral de la habitación 225B y allí encuentro a dos hombres de bata que me miran desconcertados y me piden que espere fuera ya que necesitan hablar a solas con mis padres. Obedezco, más nerviosa si cabe; el silencio sepulcral, unicamente interrumpido a malas penas por los susurros de mi padre y uno de los médicos, se quiebra por una mujer vestida de blanco que se sienta junto a mí:
-Relájate -dice-. Los nervios no ayudan.
-¿Nervios? No estoy... -comienzo a decir, parando al ver mis sudadas manos y mis rodillas temblorosas-. No entiendo por qué no puedo enterarme.
-No quieren que sufras -continua ella-. Si de veras crees que estás preparada te resumiré lo que le están contando.
-Lo estoy -añado sin estarlo-.
-Ha tenido una recaída, anoche sufrió otro infarto. Es muy fuerte pero tiene 83 años y ...
Tras la palabra "infarto" dejo que mi cabeza vuele a otro lugar, la enfermera sigue hablando pero yo apenas puedo oírla. Un par de lágrimas tímidas atraviesan mis mejillas, quemándome, terminando en mis labios; como siempre, con la lengua las recojo e intento pensar en otra cosa pero es imposible, me levanto y emprendo mi huida dejando a la enfermera hablado sola.