lunes, 6 de diciembre de 2010

Será genial.

Nubes de miel, y caramelos de agua. Siluetas distorsionados por el paso de los días y rostros olvidados por la misma razón. Aburrido.

Propongo algo, nosotros inmortales, deberíamos cambiar. Jugar con la piel de los pobres humanos haciéndoles sufrir. Quememos su noche, y amarguemos su día. Seremos temidos por seres que ni siquiera saben qué temer. Asesinos, jugadores de ajedrez. Moveremos pieza con nuestras delicadas manos de pianista. Fijaros bien. Soplando podemos provocar huracanes; si chapoteamos un poco, una inmensa ola les destrozará. Robaremos vidas de la forma más cruel y divertida, de forma totalmente anónima. Sin futuras represalias.

No sabrán que despertando cada mañana, lo único que hacen es mirar directamente a la muerte, que por supuesto, observa sin distracción aprovechando cada descuido para matar a alguno más.

Seremos la muerte, será genial.

Vestido granate, quién me lo iba a decir.

Decidí arreglarme más de la cuenta. En realidad, no sabía por qué. Era otro día como otro cualquiera, por fuera. Había algo dentro de mí que decía que hoy era un día especial, que iba a ocurrir algo fuera de lo normal.
¿OVNIS?” pensé. Qué estúpida, siempre me habían dado miedo los extraterrestres, aunque creyera en ellos.
Quizá encontraría a mi chico ideal. Como en las películas, vamos andando, nos caemos, nos miramos y… ¡Pum! Yo no creo en el amor, pero es bonito pensar que puedan pasar cosas así.
Tantas cosas pueden pasar por puro azar… “¿Azar o destino? Pues no lo sé” Siempre he creído en el destino, que todo está entrelazado y que da igual lo que hagas, si tienes que morir por un accidente de tráfico, lo harás, aunque tengas un cáncer que te está matando por dentro y los médicos te digan que te quedan 3 meses de vida; morirás, porque el destino es así de cabrón.
Cogí un paraguas y salí de casa. Adoro la lluvia, pero no me gusta mojarme después de haberme arreglado tanto. Tampoco entendí porque no le dije a mamá que me llevará en coche, supongo que tendría ganas de pasear. De todas formas, tuve suerte; antes de llegar al lugar al que iba, paró de llover.
Me senté en un banco de piedra que formaba una especie de muro. Estaba frío, duro y encima era incómodo, pero supuse que no tendría que esperar mucho.
No recuerdo exactamente cuanto tiempo esperé hasta que pasó algo digno de mención.
Yo iba fijándome en todas las personas, e iba eliminando “¿Extraterrestre o amor para toda la vida? Yo diría que extraterrestre.”
Había un cruce de calles, y dos jóvenes de no mucha edad más que la mía, iban a estrellarse; iba a ser divertido. Siempre me ha gustado ver a la gente en situaciones absurdas.
Él tenía el pelo muy rizado y negro, pero con el sol parecía más bien color chocolate (de ese que tan poco me gusta a mí porque es muy amargo) y vestía ropa oscura. Qué idiota, pensé. Cuando llueve me gusta ir con ropa colorida, para que el tiempo vea que no me ha jodido, que estoy bien aunque tenga los calcetines mojados y el pelo enmarañado.
Ella tenía el pelo largo y castaño claro. Vestía muy extravagante (la clase de ropa que a mi no me gusta llevar, porque me siento como una idiota), pero a ella le quedaba bien.
Me puse en guardia; iban a chocar. Él caería al suelo, empapándose la ropa, y ella, al intentar ayudarle, caería junto a él. Una lástima, se iba a estropear el bonito vestido granate que llevaba. Pero aún así me iba a reír.
Hice la cuenta atrás. 3… 2… 1…
Ninguno de los dos se cayó ni le ocurrió nada. “¿Por qué tenéis que ser así? ¡Yo sólo quería reírme! Llevo toda la tarde aquí sentada esperando algo que no sé que es.”
Ambos se saludaron. Él chico dijo algo que a ella le pareció gracioso, por lo visto. Tenía pinta de ser un estúpido, y ella tenía la risa floja.
Cruzaron un paso de cebra y se escondieron debajo de un árbol que no había muy lejos de mí. ¿Por qué me miraban tanto?
Ah, claro.
Era viernes. Miré el reloj y eran justamente las seis de la tarde.
Debió haberme cambiado mucho la expresión de la cara. Pude leer en los labios del chico como pronunciaba “inútil” mientras sonreía. Se había convertido en su palabra favorita, pero a mi no me importaba. Parecía que era feliz cuando lo decía, como si necesitara que yo fuera una completa idiota para protegerme. Y ella se rió, pues sabía que él tenía razón.
Me levanté, y corrí hacia ellos; como no, me caí.  Se acercaron lentamente, mientras se reían y me ayudaron a ponerme en pie. Les di un fuerte abrazo a los dos.
Algo me decía que era justamente ellos eso que había estado esperando toda la tarde.

By Albara.