miércoles, 22 de junio de 2011

Víciate.

Apareció en la cocina mientras yo preparaba el desayuno. Llevaba puesto el vestido, el peinado estaba destrozado, sus ojos estaban rojos e hinchados, sus ojeras eran muy profundas y sus mejillas aún estaban húmedas.
-¿Llevas toda la noche llorando?-pregunté- Así no lograrás nada.
No me respondió, cual autómata cogió una manzana y volvió arriba. Tras varios minutos de silencio, que ni los pájaros ni el viento se atrevieron a interrumpir, me di cuenta de la dureza de mis palabras; ha perdido a su marido, mi hermano, el día de su boda... "Quizá los demás tienen razón y soy de piedra" pensé.
Subí a su dormitorio con intención de disculparme por mi estúpido comentario, llamé a la puerta y nadie contestó por lo que la abrí.
Como poseída, Chris saltó sobre mí en busca de mi cuello; apenas grité un poco cuando James, mi hermano mellizo, entró en la habitación alarmado; de repente todo cesó.
-¿Cuál es la razón de los gritos?
-Chris estaba...-recapacité mirando al lecho donde descansaba- Nada, estoy cansada, sólo es éso.
-Es duro para todos. Ven -dijo mientras me cogió de la mano-, vamos con los demás al salón.
A pesar de que aquella era mi casa desde que cumplí los catorce años, no logré encontrar el habitual tono sepia que bañaba el salón cuando todos nos sentábamos, grandes en los sillones y pequeños en el suelo sobre cojines, saboreábamos lentamente las pastas y la limonada que con dulzura nos preparaba Aneei, nuestra abuela. En su lugar, encontré a un padre sentado en su butaca de cuero negro pálido con el traje de chaqueta,  dos gemelas pelirrojas de ocho vestidas igual que se evadían mirando a la gata que se contorneaba por la ventana, Aneei miraba por la ventana desde su balancín como esperando que su nieto aparecierse. No había una sola lágrima, produciendo un profundo e incómodo silencio, aquello era deprimente.
No aguantaba más, tuve que decir toda la verdad, sabía que terminaría ardiendo pero no había otra salida.