martes, 3 de mayo de 2011

Jugamos a ser dos gatos que no se quieren dormir.

¿Sabes? Me despierto, enciendo una vela naranja, y algún conito de incienso. Me pongo mi camisa azul celeste y algunos pitillos de color apropiado; descalza salgo al patio donde ya me espera LadyMeow en lo alto del muro que me separa del mundo exterior. Pero mi reloj vuelve a pitar, indicando que falta menos de una hora para entrar al instituto. Cojo el saco donde meto los libros y el paquete de tabaco que me dura el tiempo escaso de escuchar esta canción [Espera, yo no fumo]; y salgo rumbo al infierno de la educación secundaria obligatoria. 


Me doy cuenta de que no tengo tanto miedo a la profesora de matemáticas, el profesor de geografía sigue siendo la hostia. Mis compañeros siguen intratables (tengo que salvar a tres), quizá soy yo la que no sabe tratarlos. Soy consciente de que no les volveré a ver a ninguno en cuestión de dos-tres años así que no me preocupa la posibilidad de resultarles "antipática". Descubro que lo que me motiva a levantarme cada mañana de calendario escolar es la necesidad de acabar, tener un papelito que confirme el millón y medio de cosas aprendidas que no volveré a usar nunca y transformar mi rutina de estudiante deprimida a la de una trabajadora única como persona y profesional. Quién sabe si no lo consigo y mato a alguien por ira infantil. Bah, que se preocupen otros por mi instintos homicidas. 




Porque como dijo Shakespeare en Macbeth: 
Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.