Me doy cuenta de que no tengo tanto miedo a la profesora de matemáticas, el profesor de geografía sigue siendo la hostia. Mis compañeros siguen intratables (tengo que salvar a tres), quizá soy yo la que no sabe tratarlos. Soy consciente de que no les volveré a ver a ninguno en cuestión de dos-tres años así que no me preocupa la posibilidad de resultarles "antipática". Descubro que lo que me motiva a levantarme cada mañana de calendario escolar es la necesidad de acabar, tener un papelito que confirme el millón y medio de cosas aprendidas que no volveré a usar nunca y transformar mi rutina de estudiante deprimida a la de una trabajadora única como persona y profesional. Quién sabe si no lo consigo y mato a alguien por ira infantil. Bah, que se preocupen otros por mi instintos homicidas.
Porque como dijo Shakespeare en Macbeth:
Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.