¿Qué te ha pasado? solté, cubriéndole los hombros con una manta. Estaba llena de magulladuras, sus ropas estaban rotas; seguro que fue a esa casa, después de que yo le contase mi historia. Estaba defraudada, pero no podía dejarla allí así que la arrastré como pude hasta la cama donde durmió deis días.
Cuando se despertó, corrió hacia mí con ímpetu y necesidad de contarme lo ocurrido. Yo sin dejar de poner la mesa me negué a oír sus cuentos, que ciertos o no, solo despertarían pesadillas. Hasta que no la vi llorar no comprendí el tormento que la envolvía.
Durante horas hablamos, mi piel erizada, y mis latidos cada vez más fuertes y punzantes, ella con un hilo de voz me narraba los demonios que la torturaron. Agujas le traspasaron la piel, y frías voces le recordaban la muerte de sus tres últimos maridos. Viuda negra la llamaban.