No me preguntéis qué hacía allí, no queráis saber a dónde iba. Tan solo os contaré que era muy tarde, que hacía frío, que estaba oscuro y que no estaba sola. Nunca antes había subido a aquella torre, ni siquiera había pasado cerca, pero allí había algo familiar. Mejor dicho, alguien familiar. Notaba su aliento en mi nuca, me giraba y no veía a nadie.
No os lo negaré, pensé en huir varias veces, sería lo sensato, pero ¿qué podía perder allí? Mi vida dependía de una persona y esa persona había decidido vivir con otra. "Lo superarás" me dijeron todos, pues no, no lo hice, obviamente; y por ello me encontraba la noche del 3 de abril en el último piso de una torre enterrada en la montaña con alguien que probablemente iba a matarme y a cortarme en trocitos que luego se comerían unos gatos salvajes.
No estaba asustada, en el fondo quería que saliese aquel personajillo siniestro y me hiciera picadillo. Por fortuna, o desgracia, aquello no ocurrió. Lo que sea que fuese que me vigilaba decidió torturarme dándome la posibilidad de vivir.
Desde entonces voy todos los días, a la misma hora, al mismo lugar, esperando que aparezca un duende, un dinosaurio, un unicornio o una persona a acabar conmigo. Si tardo más de dos meses en volver aquí, he conseguido mi propósito.