Me desperté con la cara húmeda. "He vuelto a llorar mientras duermo" creí. A pesar de que nunca recordaba el sueño, me pasaba casi todas las noches.
Me incorporé con dificultad; me recogí el pelo en un destartalado moño, mientras buscaba con la mirada el pañuelo habitual con el que me solía secarme la cara. Tardé en encontrarlo pues mi cuarto estaba repleto de basura e inservibles trastos.
Hundí mi rostro en la blanca y suave tela. Al separar mi cara del pañuelo me sorprendí horrorizada de que no eran lágrimas lo que mojaban mi cara. Al menos no eran lágrimas comunes, rojas. Su color se asemejaba al de la tupida sangre. Un rojo vivo y llamativo que nunca antes había contemplado.
Alarmada rompí un cristal, cogí uno de los trozos obtenidos y observé con total detenimiento mi acuchillado rostro.
Un nuevo reflejo apareció en mi cristal; era él, del que huía incesantemente, el que me hacía llorar por la noche como si una niña pequeña fuera. Mi asesino.
La pesadilla se repetía...